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“Los pinares de la sierra”, 176

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

1.- Empieza la actuación.

Poco antes de las tres de la tarde,Portela encargó a Roderas que se hiciera cargo de las pagas y señales conseguidas, y acordaron encontrarse a las nueve de la noche en Los Intocables. Salieron los autocares rumbo a Barcelona, como esas caravanas de comediantes que recorrían, años atrás, los pequeños pueblos de nuestra geografía. Parecía que todo había terminado, cuando en realidad no había hecho más que empezar. La urbanización había recobrado su apacible aspecto de cada día, aunque a la entrada quedaban restos de la batalla. Allí seguía el descapotable, echando un hilillo de vapor de agua por el radiador, como el rescoldo de una fogata que se extingue; y junto a él estaba Barroso, sudando como un pollo, con las manos y la camisa manchadas de grasa, y animando a Soriano, que contemplaba la escena muy serio, pero sin una sola mancha.

―Y ahora, ¿cómo bajaremos a Barcelona, María Luisa?

―Ya te dije que trajeras otro coche, pero tú con tal de hacer el fantasma…

No tardó en aparecer la odiosa figura de Gálvez, con un puro en la boca y unas gafas de sol casi negras. Al ver la escena, se quedó bastante desconcertado, aunque su rostro no se movió. Se acercó al grupo, cogió de un brazo a Portela y le dijo en tono amenazador.

―Me tienes hasta los cojones. ¿Por qué no me has dicho nada? ¿Es verdad eso que dice Fandiño, de que un millonario va a comprar mis parcelas? ¿Tengo que enterarme por mis amigos? ¿Para qué coño estás tú?

Paco sabía que Gálvez era incapaz de construir una frase sin utilizar una sarta de palabrotas. Debía pensar que decir sencillamente: «Portela estoy muy enfadado con usted», quedaría pobre y carente de la fuerza y la elocuencia necesaria. Por eso, acumuló toda la paciencia de que fue capaz, y se alejó unos metros para intentar razonar con él.

―Perdone, señor Gálvez; a lo mejor es que, para culminar ciertos asuntos, conviene ser prudente y mantener la confidencialidad. ¿Lo entiende? Esto no es tan fácil como parece; en este momento, solo sé que tenemos en la finca un señor con el dinero suficiente para hacer la operación. Nada más. No he hablado nunca con él y no podré hacerlo si usted no deja de importunar. Esta misma noche, Fandiño le dirá el resultado de la gestión, pero ahora le aconsejaría que, si quiere ayudarnos, nos deje a solas. Cuanto antes empecemos a trabajar, antes sabremos si podemos contar con el dinero. Usted decide.

Paco respiró al adivinar una sonrisa de Gálvez bajo las gafas de sol del policía.

Portela, eres un cabronazo, pero tienes clase. Sí señor, me gusta tu estilo.

Echó una rápida ojeada a los que estaban alrededor del descapotable, dio media vuelta, se subió a su coche dando un portazo y se marchó. Al ver el horizonte despejado, Paco acudió junto a Soriano para interesarse por el incidente; saludó al invitado y empezó a hablar de los innumerables beneficios de la vida en el campo.

―Hoy ya es un poco tarde y no es posible; pero más adelante me gustaría que disfrutáramos de una barbacoa entre amigos, para recordar su visita a Edén Park. ¿Qué tal unas chuletas a la parrilla? ¿Le gustan a su señora?

―Y tanto que sí; me encantan.

Soriano continuaba con sus lamentos, hasta que Portela le lanzó una mirada de aviso para hacerle caer en la cuenta de que una vez empezada la actuación, sobraban las protestas. Lanzó una última ojeada al descapotable y dejó de quejarse.

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