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“Los pinares de la sierra”, 169

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

8.- Los timos son para los artistas.

Salieron a la calle. A partir de las doce de la noche, Barcelona cambiaba de fisonomía; como barridas, por la suave brisa que subía del mar, las calles quedaban desiertas a la luz del mortecino brillo de las farolas. Solo algún peatón, mirando a su espalda de soslayo, caminaba deprisa por la acera de regreso a casa, mientras los últimos autobuses se dirigían a su retiro. A causa de la euforia de las cervezas, Roderas se acercó a Portela y le dijo en voz baja, procurando que Martina no le oyera.

―Y por Gálvez no te preocupes. Si algo sale mal, le pagamos al gangoso tres mil “pelas” y le pegamos una tunda que no lo deja ser persona nunca más. Podría ser nuestro plan “B”. ¿No?

―Roderas, por favor. Eso no nos llevaría a ninguna parte y le diríamos adiós a siete millones de pesetas. Además, sabes de sobra que no soy partidario de la violencia.

Poco a poco, todos desaparecieron en la noche. Martini y Loli fueron los primeros en despedirse, como dos tortolitos, cogidos de la mano; Roderas tan feliz, pensando en la retribución que le correspondía por su fundamental aportación a la causa; Eduardo Villa muy tranquilo, por haber cumplido con su papel; Fidel Escurra, el juguete roto por la lucha, con su expresión histriónica y sus andares de bovino jadeante; y Mercader, dándole palmaditas en la espalda, le dijo a su socio que los timos estaban hechos para los artistas.

―Deseo de corazón que Portela resuelva su problema ―respondió Roderas―, y espero que se acuerde de nosotros, si todo sale bien. Al fin y al cabo, fuimos los primeros a los que acudió, cuando nos vino a ver, muerto de miedo, por las amenazas del policía.

Y Soriano, al volante de su flamante Dodge Dart descapotable, pasó junto a Portela y a Martina, y saludó con naturalidad, con la supremacía de un Gobernador Civil.

Uno tras otro se alejaron, hasta dejarlos solos; y Martina, al ver a lo lejos la luz verde de un taxi, levantó el brazo y, a los pocos segundos, el taxista se detuvo, rendido a su belleza escultural. Se despidieron junto al coche y Paco sintió una descarga estremecedora, al percibir el roce penetrante de los pechos de Martina cuando se le acercó para susurrarle al oído.

Portela, no te sientas culpable de lo que no has hecho. Tanto si las cosas salen bien como si no, ni te alegres en exceso ni te culpes del resultado. En la vida, todos apostamos por un camino y, hasta que llegamos al final, no sabemos si hemos elegido el que nos convenía.

Ninguno de los presentes, ni siquiera Roderas o Mercader, que habían ayudado a Portela a diseñar los primeros puntos del programa, hubieran imaginado aquella noche las inverosímiles sorpresas que les aguardaban.

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