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“Los pinares de la sierra”, 168

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

7.- La memorable actuación de Loli.

El aire del sotanillo se fue llenando de bromas, risas y humo de cigarrillos. De cuando en cuando. se intensificaban los comentarios, subía el volumen de los debates y Paco tenía que levantar la voz para poner orden.

―Muy bien, muy bien. El papel de Roderas y Mercader no hace falta ensayarlo; me consta que lo harán muy bien. Pero, para finalizar, me gustaría ver la maniobra de distracción de Loli y Martini, una treta fundamental para conseguir el engaño.

Se colocó Loli en el centro del corrillo y, llevándose a los labios los dedos de la mano derecha, sopló con suavidad como si tratara de remitir sus besos a tan selecto y entendido público. Aunque era un poco tarde, y algunos reflejaban el cansancio en la cara, todos aplaudieron con entusiasmo. Cesaron los aplausos, la chica se paró, levantó los brazos, gritó pidiendo ayuda, cayó al suelo como si se hubiera desmayado y, al momento, acudió Martini Rojo, que se inclinó sobre ella, cogió su cabeza con las dos manos y la besó con un ardor extraordinario. Los asistentes –y, en especial, Martina Méler– se volvieron locos al contemplar la escena, aplaudiendo a rabiar, mientras Martini no dejaba de besar a la chica. ¡Qué grande es el amor!

Gritos, risas, aplausos…; fue una actuación sensacional. Todos se pusieron en pie para vitorear a la pareja, con un entusiasmo delirante; se oyeron silbidos de admiración, y hasta Martina Méler se acercó a Portela para decirle.

―Esta chica tiene madera.

―Tendría más porvenir en el teatro ―respondió Paco, satisfecho―, que de relaciones públicas como quiere su madre.

Martina le pidió que se acercara y Loli acudió sin dejar de reír, feliz por su actuación y por haber llamado la atención de aquella señora tan importante.

―Te felicito. Me has impresionado con tu actuación; pero ese día no olvides ponerte una minifalda muy corta y bien mona. ¿De acuerdo?

―Por supuesto, señorita Méler.

Ya se dirigía a su asiento, cuando Paco la retuvo un instante.

―Loli; tanto Martina como yo creemos que, a partir de hoy, se abre un camino de enormes oportunidades para ti, y queremos decirte que nos tienes a tu disposición. No olvides que, si haces bien este trabajo, podrás alcanzar cuanto quieras en la vida.

―Muchas gracias.

Entre vítores y aplausos, Loli regresó a su asiento y Portela aprovechó el momento para preguntarle a Martina.

 ─¿Tú crees que con esto será suficiente?

─Puedes estar tranquilo. Los hombres de la generación de Gálvez pierden la cabeza, cuando alguien intenta abusar de una chica como ella.

Fandiño, que no se había perdido detalle de la actuación, comentó con sus colegas, muerto de envidia.

―Menudo pájaro está hecho el Martini Rojo de los cojones. Mucha doctrina social y mucha preocupación por las clases más vulnerables; pero, al final, es tan golfo como los demás. ¿Habéis visto el morreo que le ha metido a la chavala?

―No te pases, Fandiño ―medió Roderas, que estaba al corriente del secreto―; el chico practicaba una maniobra de rehabilitación. ¿Tú no has oído hablar del boca a boca? Pues no seas malpensado; hay que ser tolerantes y comprender a la juventud.

―Sí, mucha tolerancia; pero con el cuento del ensayo ―respondió Mercader―, el muy bribón le ha metido la lengua hasta la campanilla.

―Mientras sólo le meta eso ―dijo Soriano con su gracejo habitual―, no habrá problemas. Aunque marca el inicio y el final de una relación amorosa, la lengua es inofensiva. ¿Lo pillas? Pues piénsalo despacio, porque es evidente.

―Soriano, eres un pervertido y un cabrón ―dijo Fandiño, que fue el primero en captar la ironía―. Bueno, y ya me voy que es un poco tarde y no quiero que Gálvez piense mal ―manifestó el gallego―. Pondré una excusa y le diré que he estado con Portela puliendo los detalles del negocio de pasado mañana.

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