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“Los pinares de la sierra”, 106

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

1.- Nostalgia del Márisol Palace.

Llevaba algún tiempo sin saber nada de Graciela y una de aquellas tardes, al bajar de la finca, me dijo Paco que lo acompañara al Márisol Palace. Aunque no me apetecía que me vieran en aquel estado, no fui capaz de negarme y acabé por ceder a ver si allí me daban noticias suyas. En el salón estaba Genny con la dueña del piso; Pato, el “novio” de Marisol, había llamado para decir que aquella tarde tenía que ir con su mujer a El Corte Inglés y no podría pasar a verla. En consecuencia, ella estaba sin arreglar y con cara de pocos amigos. No obstante, tuve la sensación de que se alegraba de verme.

―¡Dichosos los ojos!

Pero no debía de verme demasiado bien a juzgar por los mejunjes que llevaba en la cara. Cuando se ponía los pantalones vaqueros acampanados, que cubrían la exagerada plataforma de sus zapatos, ganaba unos diez centímetros de estatura y parecía algo; pero despeinada, sin maquillar, con la cara embadurnada de crema, una rodaja de pepino en cada ojo, y aquella vieja bata de color granate, que llevaba encima de la combinación, daba miedo verla. La solitaria dueña del Márisol Palace había caído en el vicio del tabaco, el sexo y la bebida, y las tardes que Pato no la complacía, se iba sola a jugar al bingo, las pasaba llorando en la habitación, y le daba por decir que cualquier día se metería a monja. Seguramente, por romper el silencio y entablar una conversación absurda, me preguntó por Graciela.

―¿Te ha escrito? ¿Sabes algo de ella?

Me encogí de hombros, sin saber qué decir, con esa resignación temerosa que siente el hombre abandonado por su novia.

―Y vosotras ―les pregunté―, ¿tenéis noticias suyas?

―No me digas que todavía sigues colgado por ella ―respondió―. Ya deberías saber cómo son las mujeres a su edad: Graciela se ha empeñado en convertirse en estrella, y no faltará algún moscardón que se preste a franquearle las puertas de la fama. Esperar la lealtad de las actrices es como esperar que la lluvia no moje, o que los porros no te coloquen.

Lo dijo con tal sarcasmo, que a partir de entonces me resultó difícil mantener la serenidad. Sentía cierto ahogo, como una descarga de celos que me impedía respirar.

―No sé yo ―dije con toda la intención― por qué la gente que se dedica al espectáculo no puede decir la verdad y respetar sus compromisos.

―Pues porque las que pretenden ser actrices suelen ser caprichosas, inconstantes y les gusta el cachondeo. ¿Vale? ¡Eso lo sabe todo el mundo! Pensar otra cosa es como creer que el cáncer se cura a base de oraciones. O sea, una ingenuidad ―dijo Paco, aunque nadie había pedido su opinión—.

―Bueno, ya vale. ¿Sabéis si volverá pronto?

―No…, no lo creo ―respondió Marisol, tratando de disimular una sonrisa―. Ponte cómodo y espérala sentado; lo digo para que no te canses. ¿Vale? Si quieres, te preparo una copa y me haces compañía. ¿De acuerdo? Esta tarde no me apetece salir.

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