Bienvenidos a la portada

Cuento de la nostalgia, 04

Por Mariano Valcárcel González.

Eso de tener un reloj fue, en épocas pasadas, señal de estatus; que aparecían los sujetos, en esas fotografías en sepia desvaída o grises difusos, mostrando sus orondos vientres encorsetados en chalecos bien abotonados y traspasándolos de lado a lado la cadena de oro (o plata), denominada leontina, que en el extremo debía tener un hermoso reloj (por ello, llamado de cadena) que se alojaba en el bolsillo de aquella prenda. Era un gesto casi patriarcal el sacarlo de su refugio y levantarle la tapa para consultar la hora. Había verdaderas obras de arte.

Se cuenta que, por facilidad en los asuntos bélicos, mismamente en las trincheras de la Gran Guerra, optaron por acoplar los relojes a una pulsera y alojarlos en la muñeca (no sé el por qué debía ser en la izquierda, pero alguna razón habría para ello). Y así quedó el modelo. Y se democratizó el uso de este instrumento de precisión.

Claro que no todo el mundo tenía un reloj así como así; pero una de las prioridades era el hacerse con alguno; también una de las prioridades de los descuideros, que por este orden trabajaban el género: bolsos y carteras, monederos, relojes y estilográficas. El regalo de un reloj tenía mucha significancia.

Así fue que, en una tarde veraniega, mi padre me dijo que le acompañase. Tiramos por la calle de las Ventanas, paralela a la Corredera de San Fernando, por intramuros, que, cruzando a la calle Compañía, nos ponía justo enfrente de la antigua Imprenta de la Loma, donde trabajó mi padre. Aquella calle, callejón por su estrechez y abandono, me la recorría yo con bastante asiduidad para ir a la barbería que ‑justo enfrente de dicha imprenta‑ había y que era donde nos pelaban a mí y a mis hermanos (y mi padre se encargaba luego de abonar el servicio).

A mí, ese trayecto me parecía ‑cuando lo hacía‑ como si de un viaje fantástico se tratase; de alguna forma, algo iniciático. Había misterio en esa angosta calleja, que ‑hacia su desembocadura‑ daba a la llamada por nosotros Plazoleta del Jodeño, donde estaba el caserón desmañado y misterioso que hoy es el Palacio de don Luis de la Cueva (restaurado). Todo aquel entorno, para mí, era casi hostil: sus empedrados desajustados, la mugre y cantidad de boñigas, cagarrutas de cabras y bostas de mulos o burros que siempre tenía, la maleza que invadía el camino… Todo estaba en ruina y desolación. Por ello, pasar por allá para acortar era realmente una aventura.

Muchos años tuve sueños (o pesadillas) recurrentes que me hacían discurrir por aquellos parajes urbanos, pero a la vez fantásticos de mi infancia.

Bien; me quedé en que mi padre me dijo que le acompañase y por aquella calle nos fuimos. Yo sabía que no era para ir a la barbería, porque no me hacía falta; y si mi padre quería ir al trabajo, no me llevaba ni le hacía falta para ello, aparte de que tenía la costumbre de ir antes al café Molina a tomarlo (el café, claro). Así que irme con él, a esa hora de la tarde (de pronto me vino la señal), no podía ser menos que, porque ¡me iba a comprar un reloj!; es que también, a la vera de la imprenta, había por entonces dos joyerías-relojerías; luego el camino, como todos, sólo conducía a aquella Roma.

Acerté de pleno.

No recuerdo, sin embargo, bajo qué estímulo o circunstancia mi padre había decidido premiarme. Imagino que por la obtención de unos buenos resultados en la escuela (creo que en Preaprendizaje o ya en Oficialía, no estoy seguro). El caso es que, desde entonces ‑eran los años sesenta del anterior siglo‑, vine poseyendo relojes de muñeca de los más variados modelos y sistemas: el de cuerda manual, el de cuerda automática (o de movimiento), el de pilas, analógicos, digitales… Sí, todavía no me he hecho con ninguno de tipo solar o de estos inteligentes asociados a terminales informáticas y que ellos mismos son una terminal más.

Por supuesto, a estas alturas de la tecnología, llevar un reloj de muñeca hasta se torna anacrónico, pues el medir el tiempo, la hora, como castizamente se decía, ya lo podemos obtener consultando los inevitables y casi imprescindibles cacharros digitales que llevamos encima. Y hasta fallan menos (es un decir). Si nos los ponemos es más por una razón de coquetería o presunción fuera de tiempo. O porque son, como he dicho, nuevos accesorios de los nuevos instrumentos que nos facilitan el acceso a múltiples funciones, desde contarnos las pulsaciones hasta los kilómetros recorridos, la altura conseguida, nuestros niveles de glucemia y las calorías consumidas… Todo un muestrario de laboratorio, sin tener que pisar alguno.

Sí, ya casi son obsoletos los relojes de pulsera. Yo tengo varios. Uno fue de mi hermano Pepe, un verdadero carro de combate analógico y extraplano, que mandé limpiar y acondicionar y al que le tengo que poner nueva pila; otro de movimiento de carga que me compré en una visita a Ceuta, hace años, pero que está descompensado (tal vez lo pase a arreglar porque le tengo cariño); otro de aparente sencillez dorada con correa de piel de lagarto, a pila, que me ponía en ciertas ocasiones (como la corbata), uno de pila digamos que de diario, con algún toque dorado; el que me regalaron mis alumnos y sus padres cuando iba a jubilarme, que tiene en la tapa una dedicatoria de los mismos y el que también me regalaron mis compañeros cuando ya me había jubilado, con toques de cerámica negra. Un muestrario, vamos.

Ahora paso a veces por aquella calle de Las Ventanas, hoy día acondicionada y con salida a la Corredera, por el portillo de la Torre Albarrana de la muralla, o tras un zigzagueo, a la calle Compañía de antaño frente a la del Real y me viene a la memoria la otra, la de mis sueños inquietos. Y mi primer reloj… Ya no existe la imprenta de “La Loma”. Mi padre hubo de dejar aquel trabajo de toda su vida y pasó a la SAFA, donde se jubiló. Ya no está desde hace tiempo, como hace tiempo que se perdió, no sé ni dónde ni cómo, aquél mi primer reloj.

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Información adicional